Una manos manos chiquitas que agarran un libro es un símbolo de esperanza. Es un regalo para los que creemos que los sueños y la imaginación ayudan a construir un mundo mejor. Pero también es una responsabilidad: aquella que tenemos todos los educadores que además escribirnos. Tenemos un compromiso, nos guste o no, y hay una generación de niños y niñas esperándonos. También de adultos que, con nuestros libros, logran despertar y reconciliarse con el niño que todos llevamos dentro y al que no hemos hecho otra cosa que ponerle máscaras y cargarle la mochila de piedras. La literatura infantil libera al lector y exige al escritor. Y ese juego es un equilibrio que no debemos ni tenemos el derecho a romper.

Yo no llevo como una deuda. No lo concibo como un crédito con altos intereses. La literatura infantil me acompaña, me enseña y me hace mejor persona. También me recuerda, cada día, dónde debe centrarse mi esfuerzo, mi lucha personal y compromiso social.

Así es y así será. Estos meses han sido intensos, donde me he encontrado con muchos lectores de todas las edades; de alguna manera, mi próximo libro se lo debo a cada uno de ellos: por sus palabras, sus críticas, sus opiniones y propuestas… No sé si debería existir una palabra para atrapar todo lo que siento ahora mismo. «Gracias» se me queda corta, aunque podría ser suficiente…

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