¿Quién hace los libros?

Captura de pantalla 2016-07-22 a las 9.18.13Producir cultura es una inversión que los creadores tienen que recuperar para que puedan, como mínimo, seguir desarrollando su arte. Lo peor es la banalización del producto por parte de un gran sector de la sociedad. Yo me he encontrando con docentes que han fotocopiado alguno de mis libros para su alumnado y te lo cuentan como un triunfo. O a padres diciendo a sus hijos “los libros son caros”, para luego gastarse 18€ en golosinas antes de entrar en una sala de cine.

Una vez, no hace mucho tiempo, una amiga me hacía una reflexión que comparto. Opinaba que las redes sociales han sido un escaparate muy interesante para los creadores, pero que en cierta medida, le quitaba importancia al proceso. Y le doy la razón. Cuando vemos una fotografía no nos paramos a pensar, generalmente, en las horas que ha llevado, en el proceso de edición, de selección… Cuando alguien dice que ha publicado un libro o contado un cuento, no solemos pensar las horas que ha llevado producir ese “producto”. Cuando disfrutamos de un corto de animación que nos emociona, no se nos pasa por la cabeza el tiempo que ha llevado realizarlo. Creo que el equipo del sello Alargalavida (Bilenio Publicaciones) intenta aportar su reflexión con el vídeo «¿Quién hace los libros?».

Si la educación y la cultura es cara, ni te cuento lo que supone la ignorancia.

¿Quién hace los libros? from Alargalavida on Vimeo.

Carta de la Infancia a la Literatura.

La foto es de Sandra Franco Álvarez, también escritora, y me ha servido de cabecera a esta carta que encontré, en una pequeña caja de abedul, que guardo celosamente y que hoy deseo compartir con todos ustedes.
La foto es de Sandra Franco Álvarez, también escritora, y me ha servido de cabecera a esta carta que encontré, en una pequeña caja de abedul, que guardo celosamente y que hoy deseo compartir con todos ustedes.

Estimada Literatura:

Quería darte las gracias.

Quería, desde hace años, decirte que las sonrisas han sido carcajadas cuando te descubrí; que los roces se transformaron en caricias y abrazos; que el miedo en alerta; que la desconfianza en seguridad; la mirada en amor y las caídas en aprendizajes.

Me di cuenta que siempre tenías la palabra adecuada; el gesto perfecto, sin disimulo. Me enseñaste la muerte sin maquillajes; la realidad que a veces es cruda y otras dulce. Me mostraste las razas, los colores de piel, los labios, las manos, los pies descalzos, el sexo, el pecho y las heridas, el corazón y las entrañas.

Me diste la mano. Lo sentí aquel día que buscaba entre las páginas respuestas para problemas, algunos aún sin resolver. Me dejaste, para que buscara la complicidad del amigo, de la compañera, de la soledad y del infinito amanecer de las relaciones entre los que nos queremos.

Permitiste que te odiara, que te mandara al carajo una y otra vez, convencida que lo sabía todo. Te critiqué. Te ahogué en el mar de la indiferencia. Te birlé hojas, y con ellas, historias. Pero cuando volví, ahí permanecías tú, Literatura, esperando a que las mariposas desplegaran sus alas.

Ahora sé que no existes para dormirme ni atolondrarme. Existes, Literatura, para despertarme a la vida, a la música de los sentidos, a las melodías de las palabras y a la coreografía permanente de la imaginación.

Quería darte las gracias, Literatura, por permitirme ser Infancia, ayer, hoy y mañana… como las mareas.

Gracias.